Trabajo por Navidad, paro por Reyes

Maria José tiene 59 años. Demasiado joven para ser mayor, demasiado mayor para ser joven. En esa edad difícil, en tierra de nadie, entona: «Pues no, no tengo la vida solucionada». Vive gracias a la ayuda que le brindan sus hermanos y sus hijos, ya mayores, pero quiere trabajar y se siente muy capaz de hacerlo. Por eso, cuando vio un cartel en la puerta del centro comercial La Vaguada en el que se pedía gente para la campaña navideña, llamó inmediatamente.

María José Lucas es sólo una de esas madrileñas para quienes la Navidad tiene una doble cara: la alegría de encontrar un empleo, la frustración de perderlo demasiado rápido. El pasado diciembre, se firmaron 185.888 contratos en la Comunidad de Madrid. De ellos, casi 50.000 duraban menos de seis días; 12.700, menos de 15 días; y casi 12.000, menos de un mes. Esto es, el año pasado 158.888 personas encontraron trabajo en Navidad, pero el 40% volvió al paro antes de Reyes.
Tuitear en La Vaguada

Entre esos miles de rostros está el chico que nos asesora para acertar con esa videoconsola que quiere nuestro hijo, la chica que nos salvará el maquillaje de Nochevieja, la mujer de la caja por la que pasarán las montañas de juguetes que terminarán bajo el árbol... Y está ella, María José, móvil en mano, acercando el trabajo de todos ellos a los internautas a través de las redes sociales, de 12 a 18 h, con dos horas para comer.

Ella es más de Facebook, pero le tocó Twitter. Le enseñaron a encuadrar las fotos, a controlar los reflejos de la luz porque «los escaparates son traicioneros» y ella lo apuntó todo en un cuaderno y practicó en casa. Le gusta hacer las cosas bien. Por la mañana, desde su estand en la primera planta, junto a una tienda de cafeteras, María José entrevista a los transeúntes y practica lo aprendido con divertidos selfies. Por la tarde, visita los comercios y habla con los dependientes. Como una community manager profesional, lo documenta todo: lo que come, lo que se prueba, lo que le llama la atención.

El currículum de esta tuitera está trufado de muchas píldoras de experiencia, ninguna de más de unos meses. Ha vendido a puerta fría, ha sido monitora de comedor y de ruta escolar. Recuerda con pavor el día en que dos gamberros le vaciaron un extintor en el autocar: «Tuvimos que evacuar a todos los niños, no nos intoxicamos de milagro».

Tiene desparpajo y paciencia para parar un tren, sí, pero no encuentra muchas oportunidades de darles salida. Le ha gustado mucho eso de convertirse en senior influencer, «ojalá durara más tiempo», pero cuando termine la Navidad, María José volverá a casa a pedir ayuda a sus hijos para pagar las facturas. «He trabajado toda mi vida para sacarlos adelante, ahora les toca a ellos», dice, con un hilo de voz.

Cajera de juguetería

Quien aún lucha para que a sus niños no les falte de nada es Elena. Tiene dos: la mayor, de cuatro años, y el pequeño, de 18 meses. El pasado noviembre encontró empleo en la caja de una gran superficie juguetera. Hay días en que pasa mucho frío, allí en su metro cuadrado al lado de la puerta. Otros, suda como nadie descargando cajas. Lo mismo le da, no es fácil conseguir trabajo para una madre joven: ella llevaba buscando desde que la despidieran de su último empleo, en febrero de 2011.

Cuando llegó a la entrevista le advirtieron: cuatro horas al día, 626 euros, dos días libres a la semana, no consecutivos, y el horario lo decide la tienda. «Tuve que decir que tenía disponibilidad total, claro; si no, imposible». Elena fue afortunada, le tocó a mediodía y podía arreglarse con el cole y la guardería. El 43% de los contratos para la campaña navideña son así: media jornada sí o sí.

Para Elena, esos 600 euros han sido una bendición. En su casa sólo entra un sueldo, el de su marido, vigilante de seguridad, con jornadas maratonianas pagadas en días libres, que no en dinero. «En resumen, somos cuatro y no nos llega». Está muy contenta, estaba deseando reengancharse al mundo laboral, aunque pasa con angustia las hojas del calendario. «El 5 de enero, se acabó. Y ya no hay más ayudas, así que no me queda otra que buscar un nuevo empleo. De lo que sea».

Promotora de belleza

Si la precariedad tuviera cara, seguramente se parecería mucho a la de Sara. A sus 33 años hace 13 que tiene pareja, pero no se plantea tener hijos. Ni eso, ni nada. Vive pendiente de la siguiente llamada, de los próximos 15 días con empleo o de los siguiente 30 sin él. Su lema: «Ni días libres ni descansos. No sabes cuándo vas a volver a trabajar».

Como promotora de belleza, la Navidad es uno de esos periodos que hay que aprovechar a fondo. Dos semanas de pie, impecablemente vestida y peinada y vendiendo todo lo que pueda. ¿Y el sueldo? «Si cobro siete euros la hora y calculo que acumularé unas 152 horas... Este mes pinta bien».

El máximo tiempo que ha llegado a trabajar seguido esta joven madrileña fueron tres meses, «un alivio». Después, a la empresa le viene mejor pasar al siguiente de la lista. «Es que le dan ayudas por rescatar a alguien del paro». La situación le provoca mucha, mucha ansiedad: «Vivimos de prestado, debo tres meses de comunidad, tengo que mantener el coche porque, sin él, ni siquiera podría trabajar. El mes pasado cobré 400 euros, ¿tú te crees que se puede vivir así?».

Sara es parte de esa paradoja social que cala, poco a poco, en la clase media española: los trabajadores pobres. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo, el 9,9% de los trabajadores por cuenta ajena en España se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. En el caso de los autónomos, el porcentaje se eleva al 25,5%. Y las cifras crecen cada año.

Para huir de la precariedad y buscar nuevas oportunidades, muchos jóvenes optan, directamente, por hacer las maletas. Aquí los números bailan. La estadística oficial dice que, entre 2008 y 2015, abandonaron nuestro país 1.453.786 españoles entre 18 y 35 años. Sin embargo, fuera de los registros podrían ser muchos más.

Vendedor en una tienda

Gonzalo tiene 23 años, un Grado en Publicidad y Relaciones Públicas y un billete de ida a Manchester para febrero. Mientras usted lee estas líneas, Gonzalo habrá asesorado a dos o tres clientes sobre qué televisor, qué cámara de fotos o qué equipo de sonido se adapta mejor a sus deseos navideños. Si estos minutos terminan en venta, al final del día su hucha tendrá unos euros más para arrancar el nuevo camino.

Eligió el norte de Inglaterra porque varios de sus amigos ya están allí. «Así será más fácil». De momento, y hasta el 15 de enero, Gonzalo tiene un doble objetivo: pagarse la llegada y estudiar inglés. Después, no hay planes. «Año nuevo, vida nueva. Es un poco locura, ya lo sé, pero así son las cosas, ¿no?».

Publicado por: Alex el jueves 22 de diciembre de 2016



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