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El milmillonario que duerme en una furgoneta

Pronunciar el nombre de Jim Pattison puede dejar indiferente a la mayoría de la humanidad. El enfoque cambia si decimos que ese hombre es un empresario al que muchos llaman el Warren Buffet de Canadá. El atractivo se incrementa cuando descubrimos que Pattison es el tercer hombre más rico de ese país y que su historia es un claro ejemplo de sueño americano a unos miles de kilómetros de Hollywood.

Jim Pattison es un nonagenario en cuya historia de éxito, superación y optimismo ha puesto el foco la agencia de noticias Bloomberg y que no deja indiferente a ningún medio de comunicación en los últimos días.

Pattison nació en plena Gran Depresión en Luseland, una pequeña de población rural de Canadá. Pasó su infancia vestido con harapos heredados de otros niños. Con seis años su familia se trasladó a Vancouver, donde poco podrían imaginar sus familiares y amigos que aquel pequeño que vendía semillas puerta a puerta se convertiría en uno de los hombres más ricos del país. En la actualidad posee una fortuna de alrededor de 6.500 millones de euros.

A pesar de ello, en la parte trasera de su furgoneta no falta el saco de dormir un una almohada carmesí "por si hay problemas para encontrar hotel".

Siempre ha sido un vendedor nato. Apuntaba maneras cuando en su estrenada adolescencia ganó una competición con adultos para vender la mayor cantidad de suscripciones de un periódico.

Arrancó su carrera profesional comprado un concesionario de Pontiac Buick en 1961. El Royal Bank of Canada le prestó los 40.000 dólares que necesitaba tan solo a cambio de promesas que, por supuesto, se hicieron realidad. Este arranque todavía está plasmado en unas amarillentas hojas escritas a mano que sirven de registro desde el primer año de negocios de Pattison, que aún conserva en una carpeta.

Desde entonces su imperio ha crecido con las más variadas inversiones. Está presente en 85 países en varias industrias: supermercados, madera, pesca, packaging para KFC, carteles publicitarios en todo Canadá. Además de ser el propietario del Libro Guinness de los Récords , el mayor best-seller con derechos de autor del mundo.

Pattison también es propietario uno de los imperios de atracciones turísticas y museos infantiles más grande del mundo, Ripley. Aunque uno de sus negocios más prósperos fue la distribución de revistas, de la que se desprendió hace unos meses ante el ocaso del sector.

Una de sus mayores apuestas en una empresa externa es Westshore Terminals, la instalación de exportación de carbón más grande de América del Norte, en Vancouver, pero que tiene una vida limitada con las mayores restricciones energéticas y de contaminación.

Su mayor inversión tampoco va tan bien. Es una participación de control en Canfor, la compañía maderera que se ha desplomado alrededor del 35% en 2018 por la evolución del mercado de la vivienda en Estados Unidos, en clara desaceleración. "En algunos negocios, estamos expuestos como demonios, pero hacemos lo mejor de lo que podemos. Esto es parte de por qué tengo un trabajo", asegura.

Su última inversión está años luz de estos negocios y conecta directamente con sus raíces rulares. Se trata de Pattison Agriculture, una cadena de concesionarios de equipos y tractores John Deere, que sirven a 8,5 millones de hectáreas de tierras de cultivo.

En la entrevista concedida a la agencia Bloomberg, este nonagenario se aparta de la versión pesimista que domina el mundo en estos días y asegura que "Todavía hay muchas oportunidades con todos los cambios que están sucediendo en el mundo". Los grandes tractores digitalizados con los que ahora se trabaja la tierra son solo, según este empresario, el atisbo de lo que está por llegar.

En la historia de este esquivo hombre de negocios, reluce con especial relevancia una de sus inversiones más llamativas. En 2016 compró en una subasta el vestido de color carne usado por Marilyn Monroe en 1962 para cantar el "Feliz cumpleaños" al entonces presidente John F. Kennedy. Pagó nada menos que cinco millones de dólares, ante la mirada de pánico de su hijo y los responsables de su empresa que no veían cómo rentabilizar aquél gasto, nada usual en su padre.

Apenas necesitaron unos meses para ver despajadas sus dudas. El gasto fue una de las mejores inversiones de Ripley, que ahora utiliza del vestido de la gran diva como gran reclamo para sus atracciones.

Es un ejemplo, más de un peculiar sentido de los negocios que durante años ha llevado a esta versión canadiense de Warrent Buffet a definir un estilo de gestión propio. Desde sus humildes comienzos ha apostado por la confianza en que los demás harán su trabajo y en estructuras de organización muy planas. Esto, que ahora puede sonar muy moderno, le hacía un rara avis hace 20 o 30 años.

Publicado por: Alex el martes 05 de febrero de 2019



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